LIBRO LA AMORTAJADA DE MARIA LUISA BOMBAL PDF

Malazragore Goodreads helps you keep track of books you want to read. Maria Luisa Bombal was one of the first Spanish American novelists to break away from the realist tradition in fiction and to write in a highly individual and personal style, stressing irrational and subconscious themes. Just a moment while we sign you in to your Goodreads account. User descargar la amortajada maria luisa bombal with this item 1 Things I Recommend 1 items decsargar patricio amortajaad Please create a new list with a new name; move some items to a new lw existing list; or delete some items.

Author:Kegul Nikoran
Country:Panama
Language:English (Spanish)
Genre:Software
Published (Last):27 January 2019
Pages:402
PDF File Size:11.16 Mb
ePub File Size:8.51 Mb
ISBN:452-7-43719-393-1
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Recidn entonces nota que una venda de gasa le sost-iene el m e n t h Y sufre IJ extraik impresi6n de no seneirla. El dia querna horas, minutos, segundos. U n anciano viene a sentarse junto a ella. La mira largamente, tristemente, le acaricia los cabellos sin miedo, y dice que est; bonita.

S6lo a la annortajada no inquieta esa agobiada tranquilidad. Conoce bien a su padre. No, ningGn ataque repentino ha de fulminarlo. El ha visto ya a tanto seres asi estirados, pilidos, investidos de esa misrna inmodlidad imp!

Ahora levanta la mano, traza la seiial de la cruz sobre la frente de SLI hija. M5s tarde, luego de kaber cerrrrdo tsdas sus puertm, se exterrderh sobre el lecho, volver5 Ia car3 contra fa pared y reciin entonces se echarL a sufrir. Y sufriri oeulto, rebelde a la menor codidencia, a cualquier ademin de shpatia, mmo si su pena no estuviere a1 alcarice de madie. Desde el Principio de la noche, sin d. Por primera vez, sin embargo, la amortajada repara en ella; tan acostumbrada est5 a verla asi, grave y soltita, junto a kchos de enfermos.

Alicia, no. Estoy q u i , disgreg6ndome Lien apegada a la tierra. Y me pregunto si vert5 a l g h dla la cara de tu Dios. Y a en el convent0 en que nos educamos, cuando Sor Marta apagaba las luces del largo dormitorio y mientras, infatigable, tG cornpletabas las dos Gltimas decenas del rosario con la frente hundida en la almohada, yo me escurria de puntillas hacia la ven3 34 tans del cuarto de bafio.

Preferia acechar a 10s re- ciin casados de la quinta vecina. En la planti baja, uri balc6n iluminads y dos mozos que tienden el mantel y enciendem 10s candelabros de plata sobre la mesa. En el primer piso otro balc6n iluminado. Tras la cortina movediza de un sauce, ese era el b a l c h que atraia mis rniradas mis bvidas. El marido tendido en el divin. Ella sentada frente al espejo, absorta en la contemplaci6n de su propia imagen y Ilevbndose cuidadosamente a ratos la mano a la mejilla, como para alisar una arruga imaginaria.

Ella cepillando su espesa cabellera castaiia, sacudiindola como una bandera, perf urnindola. M e costaba ir a extenderme en mi estrecha cama, tajo la liimpara de aceite cuya mariposa titubeante deformaba y paseaba p r las paredes la sornbra del crucifijo, Alicia, nunca me gust6 rnirar un crucifijo, tii lo sabes. Si en la saeristia empleaba todo mi dinero en comprar estampas era porque me regocijaban las alas blancas y espumosas de 10s 6ngeles y porque, a menudo, 10s bngeles se parzecian a nuestras primas mayores, las que tenian novios, iban a bailes y se ponran brillantes en el pelo.

Deben tener alma 10s que la sienten dentro de si bullir y reclamar. T a l vez Sean 10s hombres corno las plantas; no todas estin llamadas a reroiiar y las hay en las arenas que viven sin sed de agua porque carecen de hambrientas raices. Y puede, puede asi, que las rnuertes no Sean todas iguales. Puede que hasta despuis de la muerre todos sigamos distintos caminos.

Per0 reza, Alicia, reza. Me gusta ver rezar, tG lo sabes. M e duele tu palidez, tu tristeza. Hasta tus cabellos parecen habdrtelas desteiiidos las penas.

ZRecuerdas tus dorados cabelIos de niiia? Porque eras rubia te admiribarnos, te creiamos la miis bonita. Ahora sdo queda, cerca de ella, el rnarido de Maria Griselda. La noche entera ella ha estado extrafiando la presencia de su nuera y la ha molestado la actitud de Alberto; de este hijo que no ha hecho sino moverse, pasear miradas inquietas alrededor del cuarto.

Ahora que, echado sobre una silla, descansa, duerme tal vez, i q u i nota en dl de nuevo, de cxtrafno. Sus pirpados. Son 10s phrpados 10s que lo cambian, 10s que la espantan; unos piirpados rugosos y secos, como si, cerrados noche a noche sotre una pasi6n taciturna, se hubieran marchitado, quemados desde adentro. Es curioso que lo note por primera vez. LO simplemente es natural que se afine en 10s muertos la percepcibn de cuanto es signo de muerte?

De pronto aquellos pirpados bajos comienzan a mirarla fijamente, con la insondable fijeza con que miran 10s ojos de un demente. Ahora se acerca a ella, su madre amortajada, y la toca en la frente corn0 para cerciorarse de que e s t i bien muerta. Ella lo oye moverse cn la penumbra, tantear 10s muebles, como si buscara a l p. Ahma vuelw sobsc sus pasos son un retrato entre las manos. Salvo una muerta, nadie sabc ni sabri jamis cuinto lo han hesho sufrir esas numcrosas efigies de su mujer, rayos por donde ella s evade, a pesar de su e vigilancia.

Si, per0 ya el fuego deshoj6 el Gltimo. Ya no queda mis que una sola Maria Griselda; la que mantiene secuestrada all5 en un lejano fundo del sur. Alguien, algo la arrastra, la guia a travEs de una ciudad abandonada y recubierta por una capa de polvo de ceniza, tal como si sobre ella hubiera delicadamente soplado una brisa macabra.

U n prado. En el coraz6n mismo de aquella ciudad maldita, un prado reciin regado y fosforescente de insectos. D a un paso. Y atraviesa el doble aniiio de r,iebJa que Io circuada.

MeIa aqui, nuevamente inmhvil, tendida boca arriba en el amplio lecho. Se siente Iiviana. Intenta moverse y no pede. Es corn0 si fa capa mis secreta, mis profunda de su cuerpo se revolviera aprisionada dentro de m a s capas mis pesadas que no pudiera alzar y que la retienen clavada, alii, entre el chisgorroteo aceitoso de dos cirios.

Fatigada, anhela sin embargo, desprenderse de aquella particula de conciencia que la mantiene atada a la vida, y dejarse llevar hacia atris, hasta el profundo y muelle abismo que siente all6 abajo. Pero una inquietud la mueve a no desasirse de1 Gltimo nudo. Este hombre moreno y enjuto a1 que la fiebrc hace temblar los labios como si le estuviera hablando.

Quk se vaya! Levbntate para vedarme una vez mis la entrada de tu cuarto. Per0 ilevbntate, levbntate! T incorporada, en un breve segundo, a ma iaz8 G implacable que nos mira agitarnos, desdeiiosa e in- m6vil.

Ana Maria, pi supieras s u k t o , su;in:o te he quedo! EI amor de Fernando la hrlrnillb siempre. La hac k sentirsa m5s pobre. Lo despreciaba porquc IIQ cra fcliz, p r q u e no tenia suerte. El bien lo sabe: haciindose su confidente. Oscuramente presentia que Fernando se alimentaba de su rabia o de su tristeza; que mtntras ella hablaba, 51 analizaba, calculaba, gozaba sus desengaiios, creyendo tal vez que la cercarian hasta arrojarla inevitablemente en sus brazos.

Presentia que con sus cargos y sus quejas suministraba material a la secreta envidia que 6 abrigaba contra su marido. Junto con la hsra y la llama, el veneno crecia, le trepaba por la garganta hasta 10s labioa, y comenzaba a hablar.

Mabfaba y 61 escuchaba. Jamis t w o una palahra de consarefo, m i propuso una soluciijn ai atemper6 una Quda, jamis. Despuds de 14 primera confidcnsia, la segumh y la tercera afluyeron naturalmente y Ias siguientes tambiin, p r o ya casi contra su volrrntad. En seguida, le fud imposible poner un dique a su incontinencia. Lo habia adniitido en su intiinidad y no era bastante fuerte para echarlo.

Pero no sup0 que podia odiarlo hasta esa noche en que dl se confi6 a su vez. A h no l o g o exglicarme el pot quk de su resolucibn. No parecia triste ni deprimida. Ninguna raxeza aparente tampoco. De vez en cuando, sin embargo, recuerdo haberla sorprendido mirindome fijmente como si me estuviera viendo por primera vez.

Me dejb. Me dej6. El a amor se me ha escurrido, se me escurrir5 siempre, como se escurre el agua de entre dos manos serradas. En un brusco desdoblamiento Io habia visto y se habia visto, dl y ella, 10s dos juntos a la chimenea.

Dos seres a1 margen del amor, a1 margen de la vida, tenikndose las manos y suspirando, recordanclo, envidiando. Dos pobres. Desde aquella noche solia detestarlo. Per0 nunca pudo huirlo. Ensay6, si, muchas veces. Per0 Fernando sonreia indulgente a sus acogidas de pronto glaciales; sopor- L A AMORTAJADA 4 : taba, imperturbable, las vejaciones, adivinando quizris que luchaba en vano contra el extraiio seatimiento que la empujaba hacia 61, adiviaando que recaeria sobre su pecho, ebria de nuevas coafideacias.

Antonio, 10s hijos; 10s hijos y Antonio. Mucho, tnucho debi6 quererla para escuchar tantos a60s sus insidiosas palabras, para permitide que le desgarrase ad, suave y Iaboriosarnente, el corazhn. Y sin embargo no sup0 ser dibil y humilde hasta 10 Gltimo. Ana Maria, tus rnentiras, deb; habet. Preferia perder terreno en tu afecto antes que parecerte cin- dido.

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