GUGLIELMO FERRERO EL PODER PDF

Sesenta puales bien afilados le esperaban dispuestos a liberar, de una vez por todas, a la Repblica de la dictadura perpetua. La confianza del dictador hizo de aquel propsito cuestin de pocos minutos y la dictadura perpetua desapareci para siempre en el breve lapso de un mes. Senatus mala bestia, decan los antiguos. El Senado romano no era un parlamento moderno en el que la abstracta soberana del pueblo se hiciera presente y operante en las personas de una multitud de grandes y pequeos burgueses dispuestos a servirla; el Senado romano era una autntica asamblea de soberanos entre los que la Repblica redistribua peridicamente las diferentes parcelas de su soberana metropolitana y provincial, y Csar haba olvidado que todos los soberanos son por definicin animales rabiosos dispuestos a matar a la menor seal de peligro que amenace su podero.

Author:Mir Shajora
Country:Austria
Language:English (Spanish)
Genre:Finance
Published (Last):16 July 2019
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Sesenta puales bien afilados le esperaban dispuestos a liberar, de una vez por todas, a la Repblica de la dictadura perpetua. La confianza del dictador hizo de aquel propsito cuestin de pocos minutos y la dictadura perpetua desapareci para siempre en el breve lapso de un mes. Senatus mala bestia, decan los antiguos. El Senado romano no era un parlamento moderno en el que la abstracta soberana del pueblo se hiciera presente y operante en las personas de una multitud de grandes y pequeos burgueses dispuestos a servirla; el Senado romano era una autntica asamblea de soberanos entre los que la Repblica redistribua peridicamente las diferentes parcelas de su soberana metropolitana y provincial, y Csar haba olvidado que todos los soberanos son por definicin animales rabiosos dispuestos a matar a la menor seal de peligro que amenace su podero.

Hace cuarenta aos, cuando me ocupaba de escribir la historia de Roma2, no supe o no quise calibrar la autntica importancia de aquel olvido; me faltaron, al igual que les sucediera a los dems historiadores de la poca, la agudeza y perspicacia Esta obra fue escrita por Ferrero originalmente en francs, rompiendo as con la tradicin que habitualmente le llevaba a redactar sus escritos en su lengua natal italiana para luego verterlos al francs.

Por esa razn su traduccin al castellano plantea grandes dificultades, sobre todo por la gran cantidad de redundancias que se aprecian en el texto originario. El traductor agradece por ello la colaboracin prestada por Magdalena Martn y Carmen Becerril en la redaccin definitiva del texto y muy especialmente en el captulo Csar se haba expuesto con tanta valenta, con tanta gallarda, con tanta despreocupacin a los zarpazos de la mala bestia que bien poda presumirse que posea ese exceso de coraje que, como si se tratara de un defecto congnito, suele caracterizar a los hombres predestinados a ser lderes.

En , cuando haban transcurrido ya veinte aos desde la publicacin de mi ensayo sobre Csar, Italia, exasperada y harta de los tumultuosos desrdenes provocados por el fin de la guerra3, se empeaba desaforadamente en reclamar la venida de un nuevo Csar, de uno o, incluso, varios valerosos jefes, dispuestos a pasar el Rubicn y a contener las amenazas de las ululantes masas rebeldes.

En aquellos das pululaban por el pas toda clase de autoproclamados Csares, pequeos, medianos, grandes, locales, provinciales, nacionales Mientras esperaban la hora de atravesar el Rubicn, aquellos aprendices de dictador, aquellos malos mulos del fundador del Imperio, se esforzaban, con la complicidad culposa de una justicia tolerante y de una judicatura narcotizada, en aplicar por su cuenta y riesgo las disposiciones del Cdigo Penal, prodigando por doquier toda clase de provocaciones, atentados, extorsiones, atropellos, bastonazos y asesinatos.

Cuando por fin el Rey se decidi a apoyar el golpe de La finalizacin de la Primera Guerra Mundial desencaden en Italia una tremenda y violenta crisis, que se vena gestando tiempo atrs y que encontraba su razn de ser en la cerrada negativa de los grupos sociales que sustentaban el gran pacto de la Monarqua constitucional a admitir la democratizacin del sistema.

Cosa fatta capo ha, repiten frecuentemente los italianos. Lo haban conseguido ya: una generacin de acero, templado por la guerra, se dispona a regenerar nuestra pobre historia adormecida por medio siglo de superchera legalista y democrtica.

Todos aquellos grandes y pequeos cesares haban dado pruebas suficientes de su gran valor violando reiteradamente los mandamientos de la ley de Dios, y muy especialmente aquel que prohbe matar. Nadie pona en duda, pues, su excepcional coraje. Por eso mi sorpresa fue mayscula cuando comprob que, nada ms conquistar el poder, aquellos valerosos hombres, que decan estar en permanente contacto con el pueblo, lejos de afrontar con la temeraria despreocupacin de que haba hecho gala el autntico Csar los desafos que verdaderamente amenazaban a la nacin, se colocaban automticamente a la defensiva, pretextando como excusa cualquier conspiracin imaginaria, que como por arte de magia pareca esconderse en los ms insospechados e impensables lugares y rincones: en la intimidad de las cartas confiadas al secreto del correo, en las conversaciones telefnicas privadas, en la ms sagrada reserva del hogar familiar, en el interior de las tabernas, en toda clase de reuniones y concilibulos donde dos personas pudieran encontrarse e intercambiar propsitos; incluso, en el El autor se sirve, en estas frases, de un juego de palabras especialmente significativas para la historia italiana.

Arditi significa literalmente atrevido, valiente, pero en realidad hace referencia al nombre adoptado durante la Primera Guerra Mundial por las tropas de asalto italianas, tropas, cuyos hombres una vez desmovilizadas por la finalizacin del conflicto blico, nutrieron masivamente las escuadras de choque que a comienzos de los aos veinte sirvieron al fascismo para iniciar su reinado de terror y su campaa de desestabilizacin del ya de por s tambaleante Estado liberal italiano.

Qu sentido tena todo aquello? La mayora, por no decir la prctica totalidad de la ciudadana, haba acogido el nuevo rgimen con benevolencia y, sobre todo, con la secreta esperanza de estar abriendo una nueva pgina en la historia de Italia. Por qu responder entonces a toda aquella simpata, a toda aquella colaboracin activa o pasiva, con una injustificada desconfianza que no tardara en tornarse pblico tormento?

Jams Italia haba conocido antes unos gobernantes tan suspicaces y recelosos. Por qu misteriosa razn todos aquellos grandes y pequeos dictadores no se daban por satisfechos con la conquista del recin alcanzado poder que, adems cosa inslita e inusual donde las haya, estaban en condiciones de disfrutarlo, en medio de la aquiescencia y del consentimiento de la inmensa mayora de la poblacin..? Qu ms podan desear todava..? O es que pretendan convencer a palos a cuarenta millones de italianos de que sus seores polticos eran perfectos, puros, inobjetables y que.

En un primer momento se pens que todo pasara. Era, se deca, el inevitable coste del rodaje en el aprendizaje del poder. Pero, por el contrario, muy pronto los males se agravaron hasta alcanzar extremos anteriormente insospechables. En su marcha sobre Roma, el nuevo Caudillo no haba topado con una asamblea de soberanos, equiparable a la de aquellos senadores que otrora apualaran al verdadero Csar.

El Parlamento italiano Cmara baja y Senado era una asamblea integrada por una masa de burgueses que, ostentaran o no ttulos nobiliarios, estaban tan deseosos de servir al poder que no vacilaron en aceptar el golpe de Estado promovido por el Rey con todos los parabienes, como lo demuestra el hecho de que en , cuando se present ante el Parlamento la nueva ley electoral destinada a legalizar lo 8 que a todas luces representaba una quiebra de la legalidad y normatividad precedentes, el dictador no encontr en la Cmara ms oposicin que la de unos pocos discursos acadmicos pronunciados por algn que otro atemorizado y tambaleante parlamentario.

Y, sin embargo, el temor de nuevo Csar era de tal calibre que no dud en amenazar con quemar las casas de los diputados y senadores que osaran a hablar y votar contra su propuesta.

Finalmente, la ley fue aprobada por una amplsima mayora, y el Gobierno vio as garantizada, en cualquier circunstancia y hasta la consumacin de los siglos, la posibilidad de asegurarse en las Cmaras una permanente mayora de dos tercios5.

Qu ms poda desear aquel gran hombre cuando la oposicin, a pesar de contar en las nuevas Cmaras con un tercio de los escaos, haba quedado reducida en la prctica a la condicin de una simple ficcin constitucional destinada a mantener una mera apariencia de rgimen representativo?

A pesar de todo, bast con que uno slo de los lderes de aquella fantasmagrica oposicin se atreviera a pronunciar un discurso crtico para que al da siguiente desapareciera.

Unos sicarios, a plena luz del da, lo amordazaron, secuestraron y ms tarde apualaron con absoluta impunidad. Pero en esta ocasin el pas decidi reaccionar, trat de rebelarse, y para sobrevivir la dictadura no tuvo ms remedio que silenciarlo cargndolo de pesadas cadenas de hierro. El 14 de noviembre de Mussolini hizo aprobar al Parlamento una ley electoral en la que se estableca que el partido que obtuviera la mayora relativa, esto es, el mayor nmero de votos de cuantas opciones se hubieran enfrentado en la contienda electoral, tendra derecho a ocupar dos tercios del total de los escaos de la Cmara, mientras que el tercio restante sera distribuido entre los dems partidos a partir del sistema de representacin proporcional.

Estaba claro que los nuevos amos tenan miedo. Pero miedo de qu? Acaso no eran ellos los dueos del poder? Sin embargo, no todo estaba tan claro como pareca a simple vista; faltaba algo por concretar. En qu medida el nuevo Csar comparta el miedo de sus seguidores? No sera ms bien que su natural y probada incapacidad para tranquilizar a sus huestes le haba llevado a aparentar un miedo que en realidad no senta?

Quin podra ver ningn rasgo de temor en el corazn de un hombre que en los discursos pblicos se mostraba tan pletrico y tan seguro de s mismo? Pero un da, un pequeo incidente me permiti comprobar que el miedo del jefe era tan, o incluso ms grande, que el de sus propios secuaces. Advertido por el prefecto de Florencia de que un mensaje urgente debera serme transmitido, me dirig a Palacio Medici-Riccardi, donde su habitualmente sonriente inquilino me acogi, en aquella ocasin, con el ceo fruncido de inquisidor en funciones.

Extrayendo de un cajn un papel, me espet una larga lista de imprecaciones que me eran enviadas por el Jefe del Gobierno Cul era mi delito? Qu crimen haba cometido para que el todopoderoso dictador me advirtiera que mi pobre carrera poda terminar en la guillotina?

No tard mucho en saber que la causa de toda aquella indignacin no era otra que una carta particular en la que, con motivo de la no concesin de un pasaporte, bromeaba un poco acerca de los beneficios que la gran guerra por la libertad, la democracia y el derecho haba deparado a mi pobre patria.

Documento privado que no s por qu misterioso azar del destino fue a caer en las manos de un periodista de Nueva York que, ni corto ni perezoso, transcribi resumidamente y en pocas lneas su contenido en una 10 perdida pgina de uno de los muchos peridicos de la gran urbe.

Un cnsul de Italia, especialmente atento a todo cuanto pudiera suponer una demostracin de celo y adhesin al rgimen naciente, haba cablegrafiado a Roma el texto de la nota, y el propio dictador se haba apresurado a cubrirme telegrficamente de maldiciones y amenazas, en un estilo que no desmerecera en nada al que Marat tena acontumbrados a sus contemporneos.

El mundo, y con l Italia, se derrumbaba por doquier; para evitarlo, habamos concedido plenos poderes a un dictador que se deca capaz de salvarnos de la catstrofe en un abrir y cerrar de ojos, y ahora, en medio de los gravsimos problemas que cada da le acuciaban en su gigantesca tarea de reconstruir el Estado, de salvar al pas de la enorme ruina moral y material que se cerna sobre nosotros, aquel hombre se dejaba atemorizar por unas breves palabras perdidas en la inmensidad de un peridico publicado en otro continente, a diez o quince mil kilmetros de distancia Era posible todo aquello?

No estara soando. Un premier ingls o un presidente francs no se habran dignado ni siquiera a echar un vistazo a una nota tan insignificante! Aos despus, siendo yo ya catedrtico de Historia Moderna en la Universidad de Ginebra, en un determinado momento, mi trabajo me permiti ver claro en la oscura historia del 18 de Brumario y de Napolen Bonaparte.

Qu coraje haba demostrado el corso en el momento de discutir, a puerta cerrada en el seno de los comits nombrados la tarde del golpe de Estado, el texto de la que luego sera conocida como Constitucin del ao VIII!

Ni siquiera retrocedi ante una concepcin del Poder que se propona encadenar al pueblo, en el instante y en el acto mismo en el que se proclamaba su soberana. Un soberano encadenado!

Cundo haba conocido la historia un contrasentido ms escandaloso? Ahora bien, conviene no olvidar que Napolen era la misma persona que tiempo atrs, en , experimentara en Italia, por 11 encargo del Directorio6, un primer y colonial ensayo de tamao contrasentido revolucionario, y por ello nada tena de extrao que las enseanzas recogidas en aquella primera experiencia fueran ms tarde transportadas automticamente a una Francia, que terminara siendo el cobaya de indias europeo de una Constitucin futurista sin precedentes, sin modelo y sin justificacin doctrinal que pudiera servirle de sustento.

Cules eran, en lneas generales, los rasgos fundamentales de aquella norma futurista? Vamos a verlo en grandes trminos. A la cabeza, sentado entre nubes, como sola hacerlo el Padre Eterno en las antiguas pinturas medievales, se encontraba un Senado de 80 miembros, provenientes todos ellos, o mejor cabra decir sobrevivientes, de la revolucin, que se autorreclutaban a s mismos por medio de un sistema de cooptacin. Debajo de l se situaban dos cmaras designadas y no elegidas por el pueblo: el Cuerpo legislativo que, en desprecio de su propio nombre, prcticamente no poda pronunciar palabra, ya que, al tener como exclusiva funcin la de aprobar o rechazar sin discusin las leyes que le fueran remitidas por el otro rgano, quedaba convertido en una Asamblea casi muda, cuyo nico vocabulario consista en dos monoslabos, s o no, y un Tribunado que no deba ms que criticar las leyes en presencia del legislativo, sin llegar nunca a votarlas.

A gran distancia del Senado, mucho ms abajo, pero slidamente instalado en tierra firme y segura, se vislumbraba un ejecutivo todopoderoso e independiente de cualquier otro poder, flanqueado por un Consejo de Estada encargado de redactar las leyes y defenderlas de las crticas que eventualmente pudieran El 8 de julio de , Bonaparte confino a la Repblica Cisalpina, integrada por los territorios de los antiguos reinos y seoros de Bolonia, Mdena, Las Marcas y el Milanesado, una Constitucin que entre otras caractersticas innovadoras ofreca la peculiaridad de que el ejecutivo nominaba directa y libremente a los integrantes del legislativo.

Por lo dems, y en lo que se refera a los poderes del Primer Cnsul, a los que seran sus futuros poderes, Bonaparte no se haba quedado corto; prcticamente todo estaba en sus manos, sin lmites y sin control: la direccin suprema de la guerra y de la paz, la capacidad de proponer las leyes, el nombramiento de las personas que deberan ocupar los puestos de la administracin, del ejrcito, de la judicatura, de la diplomacia, con la sola excepcin de los jueces de paz y los magistrados de la Corte de Casacin.

El Senado y el Primer Cnsul, junto con sus criaturas, el Cuerpo Legislativo, el Tribunado y el Consejo de Estado, se enseoreaban del centro de la Constitucin futurista como si fueran los autnticos soberanos, teniendo a sus pies encadenado al pre: unto y terico monarca, el pueblo, reducido al nico y escasamente lustroso papel de votar tres listas de entre las cuales el Senado y el Primer Cnsul extraeran, posteriormente y con libertad absoluta, a los sujetos que deberan representar la voluntad popular en las Asambleas legislativas y en los Consejos Municipales o departamentales.

El pueblo quedaba relegado as a la triste funcin de un esclavo, encerrado en el texto de una Constitucin que, a estos efectos, operaba como si de una autntica prisin se tratara. Con un Senado compuesto exclusivamente de amigos y clientes, con un Legislativo y un Tribunado controlados por el Senado y con unos poderes ejecutivos y administrativos completamente entregados en sus manos; Bonaparte resultaba ser, en ltima instancia el amo del Estado, el sujeto imprescindible en el que, en la prctica, resida el poder absoluto.

Ningn rey de Francia haba llegado nunca a tanto. Es innegable que Bonaparte no ces de derrochar por doquier muestras de coraje y de valor sereno mientras permaneci en los dorados y cerrados salones del Palacio de Luxemburgo, ocupado en preparar y hacer aprobar los nuevos textos constitucionales. Si por un segundo aflojo las bridas de la censura y dejo libre a la prensa, no conseguir permanecer en el poder ms de tres meses. Se cuenta que dijo al da siguiente al 18 de Brumario, y algunas semanas ms tarde repetira: Libertad de prensa..?

No, seguramente no existir. De otro modo yo debera subirme a un carro y correr a refugiarme en una finca que diste, cuando menos, cien millas de Pars. El estruendoso torbellino de voces que desde caan del cielo como rayos surgan de la tierra como ardientes geiseres, se cruzaban en el aire estallando delante, detrs, a la derecha y a la izquierda como si se tratasen de bales escupidas por un can en el fragor de la batalla haba sido superado ya tiempo atrs, y por aquellas fechas la nica opinin que se escuchaba en medio del gran, inmenso y ttrico silencio era un discreto y sigiloso coro de murmullos serviles y domesticados, ms atentos a regalar los odos E.

Aun cuando no quedaba ya ms prensa de oposicin que unos pocos periodicuchos de escasa difusin, malamente redactados por hombres oscuros, mediocres y sin prestigio, su sola existencia infunda un tremendo terror al nuevo amo del poder. Tampoco el Tribunado respiraba un aire mucho ms libre; obviamente, no se asemejaba en nada a una asamblea de soberanos capaces de apualar a un colega excesivamente ambicioso, y, ms que cualquier otra cosa, recordaban a un corifeo de mansas voces exclusivamente dedicado a clamar a los cuatro vientos las glorias de su amo y seor.

Designados por el pequeo grupo de hombres que haban maquinado el golpe de Estado, los tribunos temblaban ante aquellos caudillos a los que el destino haba convertido en nuevos dueos del poder. El Gobierno consular entr en funciones el 22 de diciembre, y el 2 de de enero, cuando apenas haban transcurrido diez das desde la fecha de su ascenso a la suprema Magistratura, decidi enviar al Cuerpo legislativo un proyecto de Ley concerniente a las operaciones y comunicaciones que en adelante deberan presidir las relaciones entre las diferentes autoridades constitucionalmente encargadas de participar en la formacin de la ley.

Bajo este kilomtrico enunciado se encubra en realidad una ley que atribua al Gobierno, en exclusiva, el derecho a precisar el da concreto en que el tribunado deba enviar a sus oradores al Cuerpo legislativo, a fin de exponer su opinin sobre las leyes presentadas por el Ejecutivo. En verdad, se trataba de una ley que tena como autntico propsito limitar el tiempo de que gozaba el Tribunador para estudiar los proyectos de gobierno, as como reservas a ste la posibilidad de ordenar la marcha de los debates legislativos.

Se buscaba, por consiguiente, desarmar a los tribunos no de unos puales que a diferencia de los senadores romanos de las Idus de Marzo ya no acostumbraban a llevar bajo las togas, sino de la 15 oportunidad de dar lectura en el Palais-Royal a los discursos que guarda en sus cartapacios. Prueba evidente de que el pretendido nuevo Csar tema sus palabras mucho ms que el viejo y verdadero Csar hubiera tenido nunca los puales de sus enemigos.

Todo pareca indicar que el enorme poder que la Constitucin del ao VIII haba conferido al nuevo caudillo no era suficiente como para que el Primer Cnsul pudiera resistir sin inquietarse las crticas de una jaura de folletineros y las frases, ms o menos amables, de los oradores del Tribunado.

Las ingeniosas explicaciones que de tan extraas medidas han sabido o podido articular los historiadores y apologetas napolenicos chocan, a mi modesto entender, con la ms simple de las objeciones: un Poder nacido de la revolucin, de aquella revolucin que haba prometido a Francia el derecho a la oposicin, no se habra atrevido a amordazar desde el primer da a la prensa y al Parlamento, a no ser que Bonaparte, a pesar del xito del golpe de Estado y contrariamente a lo que pretenden sus admiradores, no hubiera llegado a sentirse nunca, en su fuero interno, amo absoluto de la situacin.

Evidentemente, no poda pasar desapercibido a mi sensibilidad de historiador el hecho de que todos los actos del poder consular tanto del Consulado provisional como la primera etapa del Consulado definitivo supuraban por todas partes un aire de vacilacin y duda que nada tenan en comn con la irresistible energa que en el pasado caracterizara a los grandes dictadores, como lo muestra el caso por ejemplo de las medidas que el nuevo Gobierno pretendi tomar en favor del clero no juramentado y nobles emigrados.

El Gobierno consular deseaba socorrer de algn modo a las vctimas del Directorio, pero tema en demasa la reaccin de los escasos revolucionarios sobrevivientes como para estar dispuesta a adoptar decisiones realmente efectivas, de suerte 16 que, cogido en este dilema, el nuevo poder opt finalmente por medias soluciones que, en vez de tranquilizar a unos y aplacar a otros, no sirvieron ms que para asustar a los antiguos perseguidores y exaltar a sus vctimas.

Precisamente fue la exasperacin de las vctimas contra las primeras disposiciones de clemencia, tericamente dictadas en su beneficio, lo que asust al Primer Cnsul, decidindole a cerrar las voces de la escasa prensa an discrepante, como lo demuestra el hecho de que la mayor parte de los peridicos suprimidos por el Decreto de 17 de enero eran de tendencia realista y catlica. Cmo explicar el miedo, las vacilaciones, las dudas de un poder tan fuerte? Evidentemente, ninguna de las ideas barajadas por historiadores y comentaristas del siglo XIX acerca de los dictadores y las dictaduras servan para explicar aquellos hechos.

Cuanto ms profundizaba en los detalles de la historia de los meses del Consulado ms me percataba de las semejanzas y las analogas existentes entre estos sucesos y lo acaecido en los primeros das de la dictadura de mi pas. La prohibicin inmediata de publicar peridicos decretada por el Primer Cnsul, me recordaba constantemente aquella papirofobia que haba hecho perder el sueo al dictador italiano por cuatro lneas publicadas en un peridico de Nueva York.

Ambas encontraban su razn de ser en un temor casi reverencial que los dos nuevos Csares sentan por toda una cascada de voces provenientes de arriba, de abajo, de la derecha, de la izquierda, de Dios saba dnde y que no haba manera de acallar.

Y lo mismo caba decir de la actitud antiparlamentaria: no poda dejar de pensar que el estrangulamiento de las Cmaras recin instaladas no era ms que el precedente, con un siglo y cuarto de anticipacin, de lo que haba sucedido en Roma en En Pars como en Roma, el Parlamento no era ms que una ficcin semntica sin medios reales capaces de inquietar los designios del Poder.

Pero con todo y con ello, en el mismo 17 momento en que el fantasma de ficcin quiso cumplir con su papel, al nico propsito de servir de decorado, tanto en Roma como en Pars todo el mundo perdi la cabeza.

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Guglielmo Ferrero

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